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pajaro121 de Febrero de 2018 (ERB/JCC)- Ese sábado de Octubre en Guaymas había sido de continua llovizna, el juego entre los Tomateros de Culiacán y los locales Ostioneros se jugó bajo esas condiciones. Terminado el encuentro, el vestidor del equipo visitante lucía antesala del desastre, con montones de ropa sucia y pares de zapato lleno de lodo. Al día siguiente, temprano, como si nada hubiera pasado: uniformes relucientes y zapatos cual si nuevos.

 

El outfielder norteamericano Orsino Hill se acercó a José Luis “Pájaro” Ibarra, le entregó un billete de 20 dólares y le dijo al batboy guinda “tú eres el mejor”.

 

Apenas una de las cientos de historias que se pueden contar acerca de quien será recordado, desde ya, como uno de los más eficientes y por ende destacados personajes del béisbol mexicano desde su posición de encargado de la utilería de un equipo profesional.

 

La leyenda de Ibarra comenzó ya a circular. El “Pájaro” ya surcar los espacios celestiales luego de fallecer en Saltillo el miércoles 21 de Febrero víctima de la diabetes.

 

Nacido en Empalme, Sonora, en 1945, practicante entusiasta del béisbol, el propio Ibarra reconoció que lo suyo no era el haber jugado: “con ese cuerpo, mejor vete a cargar bats” contaba que lo chan chanceaban en los juegos amateurs. Y a eso justamente se dedicó.

 

Surge al profesionalismo en 1963 al incorporarse como batboy con los Rieleros de Empalme en la entonces llamada Liga Invernal de Sonora, hoy Liga Mexicana del Pacífico. Ahí aprendió a lidiar con peloteros de alta alcurnia, del nivel de Ramón “Diablo” Montoya y Ronaldo “Ronnie” Camacho, empezando su historia en la pelota en el estadio “Estrellas Empalmenses”.

 

Tres años después, Ibarra pasa a los Ostioneros de Guaymas de la ya Liga Sonora-Sinaloa realizando trabajo tal que el “Gordo de Oro” Obed Plascencia lo recomendó al club Tigres (entones Capitalinos), organización con lo contrató en 1970 y ese mismo año, fue llamado por los Tomateros de Culiacán del invierno.

 

Su llegada a Culiacán llegó justo el año siguiente de que el cuadro guinda resultara monarca. El manager Vinicio García lo recibía luego de que la contratación la hizo Leonardo “Lennie” Ovies, pintoresco gerente de los Tomateros.

 

Cuando el entonces dueño de los Tomateros, don Juan Manuel Ley López, acudió al estadio “Angel Flores” para presenciar la práctica de su equipo, acompañado por Ovies, notó la presencia del “Pájaro” y le preguntó a su gerente “¿ese el jardinero gringo que firmaste?”, haciendo alusión a Frank de Castris. Lennie Ovies solamente sonrió.

 

Con los Tomateros, junto al coach Homobono de la Rocha, integró una de las duplas más singulares que se han visto en nuestros béisbol. Bromas y ocurrencias al por mayor, sentido del humor y más allá, tonos de amistad y compañerismo con los peloteros.

 

El “Pájaro” Ibarra formó parte de una muy interesante generación de batboys, misma que incluyó a Guilermo “Arañita” López, al ocurrente Tommy Espinoza y al “Abuelo” Mora.

 

Inolvidable aquellos diálogos que se dieron entre Ibarra y Nelson Barrera, apenas entendidos entre ellos, que tenían como tema el famoso caso de los “bats encorchados”. Bajo todos los tonos de profesionalismo, nunca hubo filtraciones o delaciones, revelaciones que afectaran al pelotero.

 

Mérito y virtud suya fue encapsular lo que se le compartió de manera particular, de reservarse las vivencias de vestidores, los muchos servicios que prestó. Fue amigo de muchos peloteros que cada quien a su manera, supieron agradecerle su disponibilidad de servicio.

 

En el recuerdo también, la anécdota de cuando en un juego “de botana”, celebrado en Empalme, protagonizado por expeloteros sonorenses, al “Pájaro” Ibarra fue llamado para lanzar en las últimas entradas por uno de los equipos formados. Habiendo una carne asada de por medio, su labor incluyó enfrentarse a Jesús Sommers con el juego empatado con tan mala fortuna que éste le conectó batazo que viajó lejos, enviando la pelota hasta estrellarse contra un edificio cercano ubicado por el prado izquierdo.

 

La broma de siempre entre ambos personajes fue ese batazo.

 

Y tal vez lo que muchos aficionados no tan añejos recuerden: tanto fue parte del béisbol que en un juego celebrado en Culiacán, quedó en medio de una jugada en home, apenas pudo escapar de la colisión que se daba entre corredor y receptor con tan mala fortuna que cayó al suelo, escapó la gorra de su cabeza descubriendo al público que le hacía falta el cabello.

 

Para la memoria, el momento chusco no movió a las puyas en contra del batboy sino a la salva de aplausos.

 

Por muchas historias como esta, y otras más, José Luis Ibarra será ,recordado, por su entrega a la profesión, por su profesionalismo, por su dedicación y los muchos lazos que estableció a lo largo de los más de 40 años de servir al deporte desde su puesto de batboy.

 

Habría que tener cuidado a la hora de poner adjetivos al trabajo de los batboys porque al igual que con los umpires, corresponde a los jugadores y a las directivas quiénes calificar desempeño y hacer “rankings”. Solo a ellos toca marcar a los “buenos”, a los “regulares” y no incurrir en el riesgo de soltar lista de “los mejores”. Las historias a conveniencia provocar torceduras.

 

Las más sinceras condolencias a su esposa e hija. A su gran familia beisbolera integrada por cientos de peloteros, umpires, directivos y una comunidad que hasta el final, le guardaron el respeto ganado con trabajo.

 

Que haya resignación y se mantenga el recuerdo a quien sirviendo a los demás, a sus compañeros y amigos, logró la trascendencia.

 

Descansa en paz, ¡buen viaje “Pájaro”!